viernes, 29 de abril de 2016

Por qué nos dan más miedo las arañas que el cambio climático (cuando debería ser al revés)


La gente tiende a temerles más a las arañas y a las víboras que a los tomacorrientes o a los fuegos artificiales, a pesar de que estos últimos presentan un peligro mucho mayor. Esto podría ayudar a explicar por qué al ser humano le cuesta tanto ver la amenaza del cambio climático.

Los psicólogos evolucionistas sostienen que gran parte de la conducta humana se puede entender tan sólo con estudiar a nuestros antepasados remotos. 

A lo largo del 99 por ciento de la historia de la humanidad, ellos vivieron en pequeños grupos de cazadores-recolectores, con cerebros evolucionados para procesar tareas específicas, como reconocer rápidamente un reptil venenoso o las emociones e intenciones que delatan las expresiones faciales. 

El tipo de pensamiento racional necesario para ponderar resultados en un futuro distante se desarrolló recién hace poco, en el último 1 por ciento de nuestra existencia.

Ahora, el cambio climático le está dando al ser humano la tarea de pensar a largo plazo por antonomasia. En febrero, el promedio global de temperatura en la superficie del planeta rompió un récord al superar el promedio de temperatura entre 1951 y 1980 por la friolera de 1,35 grados Celsius. 

Un estudio reciente sugiere que el derretimiento de los cascos polares de la Antártida y Groenlandia podría elevar varios metros el nivel del mar para fin de siglo de manera plausible. Sin embargo, a pesar del creciente número de evidencias de que el aumento de los niveles de dióxido de carbono provocará un calentamiento catastrófico del planeta, seguimos produciendo más que nunca… como si simplemente no pudiéramos creer lo que vemos.

En un artículo académico publicado recientemente, el profesor de Psicología de Stanford Lee Ross y un equipo de psicólogos, economistas y biólogos sugieren que el problema radica en la forma en la que están armados nuestros cerebros. La naturaleza del cambio climático, sostienen, nos vuelve casi imposible ejercitar “la inteligencia de la previsión”: diagnosticar el problema por adelantado y tomar medidas planificadas para enfrentarlo. 

Una amenaza que surge de manera gradual, cuyas consecuencias llegarán recién en el futuro, no excita nuestros antiguos circuitos mentales con la urgencia de una araña que se escabulle o terroristas en la televisión. Reside en un punto ciego de la mente.

Entonces ¿qué podemos hacer? Ross y sus colegas sugieren hallar formas de sortear las limitaciones del cerebro y aprovechar sus puntos fuertes. Apuntar a los instintos sociales, por ejemplo, puede ser efectivo. 

Los estudios muestran que apelar al interés propio (ahorrar dinero) no funciona ni remotamente tan bien como las normas sociales para alentar a la gente a usar menos energía; la gente conserva más si piensa que otros a su alrededor ya lo están haciendo. 

En consecuencia, las campañas de información podrían ser mucho más eficaces para modificar la conducta que las políticas que apuntan a la mente calculadora mediante incentivos monetarios.

Otra táctica es encuadrar las opciones de manera distinta. En los países europeos, casi todos autorizan la donación de sus órganos para usos médicos en el caso de un accidente de auto fatal. 

En Estados Unidos, esa cifra es de sólo 15 por ciento, aunque las encuestas muestran actitudes ampliamente similares respecto a la donación a ambos lados del Atlántico. ¿Por qué existe la diferencia? Los europeos participan del programa por defecto: deben optar por desautorizarlo si no desean donar. En Estados Unidos, la gente tiene que entrar al programa firmando el dorso de sus licencias de conducir. 

Esto sugiere que hacer que más gente ahorre energía podría ser tan sencillo como cambiar el modo por defecto en fundiciones y aires acondicionados.

La opción por defecto no sólo se aprovecha de la pereza o la inercia humanas. Más bien da por sentado un valor social y alienta a la gente a seguirlo. Medidas simples como esas pueden reforzarse entre sí y facilitar movimientos con potencial para provocar cambios grandes y abruptos, incluso aunque aumenten con lentitud. Piense en cómo cambiaron las actitudes acerca del cigarrillo en las últimas décadas.

Un último argumento: Ross y sus coautores sugieren que “la tarea más difícil, pero tal vez la más importante” es alejarse de la visión económica de crecimiento infinito, porque la producción de una gama cada vez más amplia de nuevas cosas materiales está agobiando el planeta. 

La mayoría de los economistas consideraría que esa es una proposición radical, pero el segundo autor del artículo, el Premio Nobel de Economía Kenneth Arrow, es un economista de lo más ortodoxo y mainstream.

Fuente: http://diarioecologia.com/por-que-nos-dan-mas-miedo-las-aranas-que-el-cambio-climatico-cuando-deberia-ser-al-reves/

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